Porque simplemente… tengo la Razón

carta cryndigo

Que el otro tenga la razón, tú se feliz. Se lo habían dicho hasta el cansancio, pero nunca lo tomó en cuenta. Sofía siempre creyó tener la razón. Hoy, la vida se la daba y de que manera. Hija única de padres económicamente solventes, pero egoístas uno con otro. Desde niña aprendió a tener siempre la razón. Sus padres le celebraban y le impulsaban a creer que eso era lo normal. En sus años escolares, reforzó esa creencia al ser la estudiante “estrella”. Sus calificaciones lo avalaban y por si fuera poco, al paso de los años se convirtió en una atractiva mujer que no soportaba que le contradijeran. –Tengo la razón y te lo demuestro- era su argumento favorito. Si la pareja en turno osaba discutir, ella hacía hasta lo imposible para ganar. Cuando se veía acorralada y a punto de ser exhibida, saltaba su ira. Una ira muy profunda sin importar el escenario. Un bar, a mitad de la calle, la iglesia o la alcoba. Sofía hacía lo imposible por salirse con la suya y casi siempre sucedía. Hasta que conoció a Manuel en el trabajo.

Abogados muy exitosos en una firma transnacional, Sofía se enamoró perdidamente de Manuel y eso le enojaba. No podía concebir que una persona como ella pudiera enamorarse de tal manera, al fin y al cabo, ella siempre tenía la razón. Manuel, si bien un abogado que era brillante –no estaba a su altura- se decía a si misma.

Manuel sentía también una atracción irresistible por su compañera. Y esta atracción crecía cuando Sofía se portaba soberbia con él. Si él la pillaba en alguna pequeña falla, ella revisaba minuciosamente libros, códigos, leyes para mostrar que la razón estaba de su parte. Una vez que las cosas estaban en “su lugar” volvía a su coraza habitual y mostraba su frialdad hacia Manuel. Pero él ya se había propuesto conquistarla.

Fue durante una fiesta del corporativo, en un gran cierre de negocio donde ella tuvo mucho que ver, que Manuel logró su objetivo. Sofía, mareada por la champaña y los elogios bajó la resistencia y bailó casi toda la noche con el apuesto abogado. Después de todo él le encantaba desde que le conoció. Y esa noche, al salir del salón, terminó en la cama de Manuel. Una noche muy pasional donde él creyó ser correspondido, pues también se enamoró de la hermosa hembra que era Sofía.

No bien amanecía, cuando ella se percató de lo que había pasado. Y como nunca, la ira le invadió. Ella no podía enamorarse de nadie y menos de un compañero del trabajo. Le reclamó a Manuel por haberla seducido y le amenazó con acusarlo de violación y deshacerle la reputación. Manuel no lo creía, apenas unas horas antes había estado con la mujer que él pensaba correspondía su amor. Pero era más fuerte el odio que en ese momento sentía Sofía por él. Ella no quiso ser feliz. Lo que deseaba aún a costa de su felicidad,  era  tener la razón de que Manuel la sedujo y violó con engaños.

Manuel fue detenido días después de haberle demandado y antes de ir preso se dirigió a Sofía y le dijo –Vas a llorar y arrepentirte de lo que haces. Te voy a mostrar que me amas. Simplemente por que yo tengo la razón.

Manuel no soportó muchos días en prisión. Su cuerpo fue encontrado colgado en su celda. Sin ninguna carta de adiós.

Sofía, destrozada escribe hoy una carta para él. Una carta de perdón donde acepta ser culpable del dolor y la desgracia que causó.

-Me avergüenzo de mi. Me arrepiento de haber vivido creyendo tener la razón en todo. Al negarme a vivir te he negado la vida a ti. Ahora quien ha muerto soy yo, aunque esté viva. Perdóname Manuel. Perdóname Sofía.

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