No se como lo hagas… Pero quiero ser un Aifon

niño celular

Apenas tenia 12 años cuando llego a la terapia. Su petición fue más que inusual: Jorge, no se como le hagas, pero quiero ser un Aifon, antes de bajarme el switch. Mi cejas se arquearon ante el pedido de Tomás y cuando escuche su historia, quedé mudo.

De cabello rizado y abundante, Tommy –como le gustaba que le llamara- era un típico niño cryndigo (cristal e indigo) demasiado inteligente para sus padres. Demasiado inteligente para este mundo. Su alma estaba triste. El quería convertirse en un teléfono celular.

-Estoy bien cansado, no recibo nada de atención. Nada de cariño. Ni una caricia por equivocación-, decía con sus ojos de un café profundo, mirando al suelo.

-De vez en cuando una caricia me caería bien- y entonces lloró.

-Llego. Pido. Reclamo. Reclamo –a veces berreo- por atención. Me tienen sedado con alguna medicin –como le dice mi mamá cuando la tomo.

Me contaba que cuando reclamaba por atención a la madre, esta le metía la medicina casi a la fuerza y entonces sentía que ya no estaba aquí. “Y así, me tiene todo el día”, me dijo entre llanto.

-Me la paso pidiéndole un abrazo, pero quien recibe todos los cuidados es su aifon. Contó que la madre, a su teléfono, le da abrazos, caricias, y le habla con amor con pasión. “Además ella también le pide abrazos y cosas casi siempre”, afirma.

-A veces lo trata como a un hombre al que le habla con besos- “Se que no es mi padre, porque ellos siempre pelean”, me dice.

-Cuando papá sale enfurecido por la mañana, es porque mamá se ha encerrado en el baño con su aifon y no le despide. Hay gritos, siempre gritos. Y cada semana un nuevo protector para el teléfono-, explica -Cuando él se va, toma su aifon y ella se transforma-.

Tommy mueve su dedo y me explica como la madre comienza a acariciar al teléfono que siempre, duerme cerca de ella.

– La he visto encenderlo a eso de las tres o cuatro de la madrugada. Se para. Sigilosa, como si no quisiera que la escuchara papá que está bien dormido. Cada noche, la luz de la pantalla te indica la ubicación exacta: en la cocina, detrás de alguna cortina, la puerta de la calle que abre de vez en vez para cuidarse no le vean que está hablando. Se tira en la alfombra. Se mueve… gime de forma extraña-, narra con sus ojos bien abiertos, como reviviendo la escena.

– Un día bailo desnuda y con flash. Me excitas, me excitas le decía al aifon susurrando. De pronto comenzó a llorar. Bebía y lloraba-, y entonces Tommy bajo la voz.

-A su aifon mi mamá comenzó a decirle muy cerquita: “ Te quiero mi amor, te amo. Soy tuya cariño. Quiero comerte todo. Todoooo. Y bailaba, con el aifon en su mano y una copa de vino en la otra-.

-Le usa como cámara de fotos. Muchas, siempre ella, selfis dice. Las manda de inmediato y suena un ruidito y entonces brinca, o a veces se come las uñas, se tira del cabello y le grita a su máquina que porque no los lee si ya los recibió. Se pone ansiosa. Ida. Y cada noche duerme pegada a él a veces debajo de la almohada.

-Hoy como otros días también se le olvidó darme de cenar. Sólo me aventó una caja de cereal y me dijo que fuera a comprar leche. Si quería. Se pone ida. Y si digo algo me amenaza. A veces pega. Si, llega a pegar. Y duro- Tommy, para este momento, entra en trance, como espantado.

-Un día en la oscuridad, topé en el banco donde suele conectarlo cuando se le acaba la batería. Es un cable blanco que no se puede perder. Pelean por ver quien conecta su aifon primero. Se gritan y casi siempre, gana ella-

-Un día, mamá cedió el cable a papa y es que en la mañana, mi papá le dio permiso a mi madre para salir con sus amigas a bailar por la noche. “Somos puras mujeres”, le dijo a mi papá.

-Esa noche ella llegó ebria, contenta y lista a conectar su aifon-, se detiene unos segundos. Hay silencio, profundo. Toma fuerza y continúa. -Esa noche al pararme al baño, me enredé con el cable, el aifón voló, salió de la funda de protección. La luz de pronto se encendió y como fiera salida de un cuento, ella se abalanzó sobre de mi, me protejo. Llueven golpes, patadas, insultos. Maldiciones al por mayor. Y la advertencia de si rompiste la pantalla o se abolló: “Te mató infeliz, desgraciado. Todavía no lo acabo de pagar.. Inútil, idiota igual que tu padre. Esto es lo único que sirve, que vale la pena, ¡no tu!-, me cuenta ahogado en llanto.

-De pronto, el aifon funcionó. El rostro de mi madre cambió y sin darme cuenta, salió el sol. Yo respiraba con alivio. Resistí otra noche, con la nariz casi rota y mis costillas adoloridas”, finalizó.

Y esa fue la única y última vez que ví a Tommy, a quien lastimosamente, no pude concederle su deseo: convertirlo en un aifon.

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