Las Tres con Trece… The End?

Lost in a Roman wilderness of pain

And all the children are insane, all the children are insane.

The Doors

 

The Doors CryndigoEl día era brillante. La tesis estaba finalizada. Tenía que ver al asesor cerca de las cuatro de la tarde. Había decidido que esta sería su última jornada manejando un taxi.
Pagó los estudios universitarios con ello. Cinco años llegaban a su fin.
Ahí, al volante, conoció parte de la extraña vida en la ciudad a veces brutal.
Veinte millones de habitantes. Casi todos locos.
“There’s danger on the edge of town
Ride the King’s highway, baby
Weird scenes inside the gold mine
Ride the highway west, baby
Ride the snake, ride the snake
To the lake, the ancient lake, baby
The snake is long, seven miles”… gritaba Jim Morrison en los finos parlantes del sistema de sonido del “disco taxi” (como bautizaron sus amigos al Renault).
Mil ochocientos veinticinco días subió y bajó público. Cavilaba en ello. Putas, trasvestis, predicadores, señoras adultas, muy adultas pidiéndole sexo. Jenny, la modelo que debía llegar temprano a la filmación de un clip de los Rolling Stones. Un asesino que pidió servicio a la Sierra de Guerrero que nunca alcanzó –la policía lo pilló. Gina, la amante de un millonario que sólo deseaba perderse en un motel por algunos días. Se perdió con él.
Sonreía. Ahora podía bajarse de ese vehiculo al cual le había tomado cariño. Miró el reloj como tantas y tantas veces: las tres de la tarde, anunciaban los dígitos.
Paró en el alto. Hacía calor y como casi siempre, llevaba los vidrios un poco abajo.
Los seguros de la puerta trasera y la del copiloto saltaron como por arte de magia. En cuestión de segundos, un par de mozalbetes se habían trepado. Exigían servicio. Él, estaba dispuesto a darlo. -¡Para!- exigió el de adelante.
-Aquí te cargó la chingada- dijo el de atrás al momento que ponía la punta del filoso cuchillo en sus costillas.
“Father, yes son, I want to kill you
Mother, I want to, fuck you”… seguía cantando Morrison.
-Apaga a ese pendejo-,dijo el de adelante, mientras abría la puerta buscando un largo cuchillo que traía dentro de su bota derecha.
-Pero si son los Doors- dijo el chofer, al momento de asestarle un codazo en la garganta y arrancar el Renault en primera. Uno había caído. Se quedaba con el otro.
Sintió penetrar el cuchillo en su costado, la mano derecha en el volante, la izquierda, luchaba por vivir. Forcejeaba con la cabellera del matón. La punta del arma entró por el pómulo derecho, la clavícula izquierda, esquivó una puñalada en el cuello, la cabeza. Arrancó de cuajo cabellos del atacante. Siete puñaladas. El auto subió al camellón. Alguien se dio cuenta del ataque. Vino la ayuda. Perdía sangre. El asaltante huyó con el botín: tres pesos. Las tres y trece marcaba el reloj digital. Su último día al volante.
“The end of laughter and soft lies
The end of nights we tried to die
This is the end”… ¿El último?

Nota: Este artículo debe experimentarse con la musica correspondiente.

© Cryndigo 2017. Todos los Derechos Reservados

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