La Lección de ese Día

Bellas Flores

El día iniciaba bien. Por la madrugada, cuando las estrellas estaban en su apogeo, se había topado con la lección que hoy tocaba: “Soy Espíritu”, rezaba la frase que habría que meterse en el pecho, en el corazón, en el alma y hacer que la mente le repitiera en automático.

El entrenamiento era arduo para una persona que poco o nada sabía de “Ser Espíritu”, pues su cuerpo le decía otra cosa: baja visión, huesos adoloridos, oídos cansados, una rodilla casi inservible.

-De donde carajos esta lección me dice que Soy Espíritu-, se repetía mentalmente, mientras por sus manos se deslizaban las finas hojas del enorme libro. Tan finas como un papel de china.

– No aguanto a la vida, no aguanto el dolor, parecería que todo en esta vida es difícil, sufrir – refunfuñaba mientras quitaba su pocillo con café, de la estufa.

Más de medio siglo de vida y aun no encontraba el equilibrio de su existencia, lo que le hiciera sonreír libre, sin preocupaciones, sin temerle a la soledad en que se veía envuelto. Su pareja le había dejado meses atrás, se fué con otro. La cuenta del banco le recordaba que estaba en números rojos y algo debía de hacer para sufragar la colegiatura de su hija -a la que poco veía- quien aun se encontraba enrolada en la universidad.

-“Soy Espíritu”… y si eso fuera cierto, entonces NADA de lo que hubiese en el mundo material sería real, reflexionaba. Entonces todos estos años habría vivido en una deliciosa invención de su mente. Deliciosa pero a la vez dolorosa. En la falacia aun más mentirosa que la mujer que le alejó tan brutalmente de su vida.

“NADA ES REAL”, leía insistentemente.¿Que hay de cierto en ello? El sonido de estas tres palabras le taladraba la conciencia y le ponía de rodillas, pues aun no entendía nada. Pero sabía que al final de todo, esta era una verdad irrefutable. Y entonces, sucedió el milagro, una sonrisa se dibujó en las comisuras de su boca. Algo se había prendido en su interior. Sus ojos bien fijos en el bello jarrón de vidrio donde serenas reposaban unas flores que hacía días mostraban su esplendor y regalaban un aroma delicioso. Ahí, en ellas, entendió la revelación: “Soy Espíritu”. Entendió que cuando llegaron a casa eran capullo, les había visto abrir serenamente, perfumar los días y sus noches y ahí estaban: vivas, creciendo. Incólumes, sin perturbar, en gracia, para cerrarse al marchitar, también en gracia. El ciclo de la vida: Nacimiento, esplendor, decadencia… Todos esos pasos de un ser vivo, se dan porque detrás de TODO lo vivo, detrás de todo lo que existe, hay Espíritu y ese Espíritu, siempre busca la Luz… la Vida. Esa que gastamos todos los días, todas las horas. Esa que nos avisa: “Soy Espíritu… No soy un Cuerpo”. Y entonces, sintió unas ganas… por la Vida.

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