Caminando en el Agua

Cryndigo walk on water

Eran sus últimos minutos en la Tierra, pero se encontraba en lo más profundo del mar. Descendía poco a poco. Lentamente dejaba la vida mientras los pulmones se le llenaban de agua. Como en una película, vio pasar toda la historia enfrente de él. Su niñez, sus hermanos, sus padres, sus hijos, sus trabajos. Todo como relámpago.

No hizo caso a Diana, su esposa, que le advirtió que el mar estaba picado. Que había bandera roja. Que no se atreviera.

Ganador de una medalla de bronce en las eliminatorias olímpicas, se consideraba un buen atleta y jamás le había tenido miedo a la alberca, pero estaba en el mar y sin ningún respeto al furioso oleaje, se adentró en el agua, ante la mirada atónita de toda su familia. Cinco metros, diez y los gritos desde la orilla, le advertían que regresara.

Sus brazos se deslizaban alegremente entre la espuma y el viento sopló con más fuerza. En el balneario entraba tormenta tropical desde la noche anterior pero sus ganas de retarle fueron superiores al peligro.

Las voces en la playa se fueron apagando y cuando se dio cuenta, comenzaron a faltarle el aire y la fuerza. Quiso regresar y de pronto se dio cuenta de que todo lo que había a su alrededor era el mar abierto. Los brazos no le respondían, las piernas tampoco. No quería rendirse sacó lo último que tenía. Hizo un esfuerzo sobrehumano y sobrevino un fatal calambre. Dejó de luchar. Sabia que enfrente tenía a la muerte rodeada de agua. Paró y lloró. Sus lágrimas se mezclaron con lo salado del mar. Sintió como se hundía. Hasta el fondo.

Se dejó ir. Recordó cuando casi muere al estallarle el apéndice, aquella ocasión llegó a tiempo al hospital y en el trayecto, repetía como un mantra las dos oraciones que su madre le enseñó de pequeño. Ahora no había ambulancia, ni hospital ni su adorada madre. Pero en esa soledad, recordó las oraciones y se encomendó al Creador. Se sintió niño otra vez.

Jura que tocó el seno del océano. Sintió la suavidad de la arena, como talco. Le rodeaban millones de peces multicolores y a lo lejos, vio venir hacia él, una inmensa luz. Se dirigía hacia donde él estaba. Venía desde el otro lado como deslizándose, como caminando en el agua. Dice que lo vio con sus propios ojos. Dice que le vio a Él caminar sobre el agua. -Ven no tengas miedo- le decía. Le llamaba por su nombre –ven no tengas miedo- le repetía. El cerebro le estallaba. Los pulmones también.

-No quiero ir- se repetía. –No quiero ir.

La luz le envolvió, todo quedó en silencio.

En la playa, de la nada, apareció corriendo un loco con tabla de surfear y se adentró en el mar esquivando la furia de las olas. Llegó a su objetivo. Le ató una cuerda a la cintura. Fueron minutos eternos, el loco dejó ir la tabla y nadó con él de regreso .

Aún estaba con vida había que resucitarle. Entre la multitud de bañistas y curiosos, se encontraba un médico que le ayudó a respirar nuevamente, sacando toda el agua de los pulmones. Llanto, oraciones y más llanto hasta que recuperó el conocimiento.

Entre la confusión, nadie se dio cuenta que el loco se volvió a adentrar en el mar. Esta vez, caminó en el agua, buscaba su tabla de surfear.

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