Amanecer de Sol y pura Locura

amanecer cryndigo

La ternura invadió la mañana de Giovanni. Comprendió las escenas desarrollándose frente a él. Aún no salía el sol. Los tonos anaranjados e intensos rojos sonreían en el cielo. A lo lejos, divisó una interminable fila de automóviles sonando sus bocinas. La mayoría –por como era el ruido- sentían angustia y desesperación por llegar a ponchar el reloj que les esperaba impersonal a la entrada de sus oficinas, de sus fábricas, de sus tiendas, donde cambian su vida y tiempo por monedas para obtener comodidades. Para pagar esos mismos autos, donde prisioneros, escuchaban las noticias de cómo la “vida” está más cara todos los días.

Los gallos y los pájaros con su canto mostraban fe en el Creador. Sabían que en cualquier momento la promesa se cumpliría, así lo anunciaban los rayos del alba. Giovanni, se sorprendía que sólo las gallinas, los pájaros, las hormigas y las flores, se preocuparan de agradecer un nuevo día. Escuchó correr por las escaleras de su edificio a un padre que enojado reprendía a su hijo por no llevar limpio el uniforme. A una mujer que violentamente discutía con el esposo mientras la hija de ambos, esperaba con una pesada mochila a la espalda, quién se decidiría a llevarla al colegio. El, argumentaba que no era su responsabilidad, mientras se acomodaba la corbata y comprobaba que su loción fuese la adecuada para el día, pues había que impresionar a la nueva compañera de la oficina. Ella, la esposa, escupía gritos, mirándose al espejo esparciendo con habilidad inaudita, un polvo color carne por su rostro y apretando duramente sus pestañas contra una cuchara. Para la hija, esa escena se repetía día a día, por ello, pensaba huir de casa pronto, así se lo había prometido.

Giovanni lo veía todo y corría de un ventanal a otro. Eran las ventajas de vivir en un quinto piso y poder deslizarse rápido por toda la casa. Le sorprendía que nadie mirara el espectáculo que tenían enfrente. De pronto, el canto de la mañana fue ahogado por interminables gritos -¡el pan!-, -¡basuuuuura!- la bocina y la campana del camión recolector ensordecían el ambiente, por lo que sus padres aumentaron el volumen del aparato televisor, encendido dos horas antes pues no querían perderse la repetición de los goles del partido de futbol que por cerca

de cuatrro horas –les encantaban los comentarios y las entrevistas previas al juego- habían presenciado ayer y que había ganado su equipo favorito. Era lunes y aún le tenían vestido con la misma playera de esas personas que pateaban una pelota dentro de la televisión. Giovanni se reía pero sabía lo que era un fin de semana, pues nadie le prestaba atención, estaban más atentos a las imágenes que salían de esa caja.

Aun no salía el sol, feliz esperaba ese primer rayo, apurando su biberón y montado en la veloz andadera. Y de pronto… ¡se iluminó!

Toda la estancia se llenó de luz, notó la felicidad en el canto de los pájaros, vio corretear a cuatro perros juguetones, observó como se perseguían dos sonrientes mariposas y en ese instante, sintió como los brazos de mamá lo alzaban en vilo, lo sacaban de su andadera. Corrió y corrió con él apresuradamente por las escaleras. El padre, angustiado y apurado, sonaba la bocina del auto con insistencia a la vez que gritaba -¡se nos hace tarde, apúrate!- Giovanni, sería depositado en una guardería, donde lo pondrían a dormir, frente a un televisor. Ahí pasaría la mayor parte del día.

Y entonces, se despidió de la luz del día, pues volvería a casa cuando su brillante amigo se hubiera metido por el horizonte. Habría que esperarle toda la noche, hasta el amanecer. Bien valía la pena, pensó Giovanni, mientras afuera, el tráfico era intenso y mamá le cambiaba la ropa apuradamente, ambos –sus padres- miraban insistentemente al reloj. Giovanni, miraba al sol.

 ©Cryndigo 2017. Todos los Derechos Reservados.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *